El Domingo XIII del Tie mpo Ordinario nos sitúa ante la exigencia radical de Mateo 10, 37-42: asumir la cruz, priorizar el amor a Cristo y descubrir que la verdadera vida se halla al dársela a los demás.
En estos momentos, esta llamada deja de ser una metáfora para convertirse en una urgencia dolorosa y concreta en nuestro país, estremecido por el devastador terremoto que ha enlutado y golpeado con fuerza a tantas familias venezolanas.
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En medio del dolor, los escombros y la incertidumbre, la Providencia nos convoca también a conmemorar un año más de la histórica Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento del Altar.
No es una coincidencia estéril. Ante el misterio del sufrimiento humano, la mirada de la Iglesia no se desvía; se fija con mayor fuerza en Cristo presente en la Eucaristía, fuente inagotable de esperanza y fortaleza. Arrodillarnos ante el Sagrario nos exige levantarnos de inmediato para salir al encuentro del hermano herido, convirtiendo nuestra adoración en caridad activa.
El pasaje evangélico de este domingo nos recuerda con precisión que «quien dé a beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, no perderá su recompensa».
Hoy, ese vaso de agua se traduce en alimentos, refugio, atención médica y oración ferviente por los damnificados y las víctimas de esta catástrofe natural.
Como pueblo consagrado al Amor de los Amores, nuestra respuesta ante la tragedia debe ser la unidad y la generosidad sin reservas. Que la caridad organizada de nuestras parroquias sea el rostro visible de un Dios que consuela, reconstruye y camina siempre a nuestro lado. Así sea.
Pbro. José Lucio León Duque


