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domingo, agosto 16, 2026
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Vivir la liturgia en auténtica comunión

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Como pastor del pueblo de Dios, me dirijo a ustedes con el corazón lleno de gozo para reflexionar sobre el misterio más sublime de nuestra fe como lo es la sagrada Eucaristía. Frecuentemente nos reunimos en nuestros templos, pero es necesario que nos detengamos a contemplar la hondura de lo que allí acontece.

 Los numerales del catecismo de la Iglesia Católica que hoy nos convocan nos llevan, de manera mística, a adentrarnos en la Anáfora, que es la Plegaria Eucarística. Es aquí, en esta gran oración de acción de gracias y consagración, donde llegamos al corazón mismo y a la cumbre de nuestra celebración.

Todo comienza con el Prefacio. Es el momento en que, como Iglesia viva, elevamos la mirada y damos gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. Agradecemos por todas sus obras: por el don maravilloso de la creación que nos rodea, por la redención que nos devolvió la dignidad y por la santificación diaria.

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En ese instante, los límites del tiempo y del espacio se desvanecen; las voces de nuestra asamblea terrenal se unen al canto incesante de la Iglesia celestial. Cantamos junto a los ángeles y a todos los santos, proclamando a una sola voz que Dios es tres veces santo. ¡Qué hermoso es saber que nunca estamos solos cuando celebramos la santa misa!

Luego, la liturgia nos introduce en la Epíclesis, un momento de profunda reverencia y silencio interior. Aquí, la Iglesia, consciente de su pequeñez, pide al Padre que envíe el rocío de su Espíritu Santo, el poder de su bendición, sobre las ofrendas de pan y vino. Es por la fuerza transformadora del Paráclito que estos dones sencillos, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Pero la Epíclesis no solo transforma las especies; también nos transforma a nosotros. Pedimos que el Espíritu Santo nos sature para que, al comulgar, quienes tomamos parte en la Eucaristía seamos un solo cuerpo y un solo espíritu. Es un llamado urgente a la unidad, a derribar muros y a vivir en auténtica comunión fraterna.

Inmediatamente después, el sacerdote, prestando su voz y su persona a Cristo, proclama el Relato de la Institución. En este instante sagrado, la fuerza de las palabras y de la acción del Señor, unidas al poder del Espíritu, hacen sacramentalmente presente el sacrificio de la cruz, ofrecido de una vez para siempre. No es un simple recuerdo del pasado, es el Misterio Pascual que se actualiza hoy en nuestro altar para nuestra salvación.

Guiados por esta gracia, brota la Anámnesis. Hacemos memoria viva de la pasión, de la gloriosa resurrección y del retorno triunfal de nuestro Salvador. No nos presentamos ante el Padre con las manos vacías, sino que le presentamos la ofrenda perfecta de su Hijo Jesús, el único que nos reconcilia plenamente con Él.

Finalmente, la Plegaria Eucarística se ensancha en las Intercesiones. La Eucaristía jamás es un acto privado; nos recuerda que caminamos juntos. Expresamos nuestra comunión con la Iglesia del cielo y de la tierra, rezando por los vivos y encomendando a nuestros difuntos. Nos unimos estrechamente a nuestros pastores: al Papa, al obispo de la diócesis, al presbiterio, a los diáconos y a toda la Iglesia universal.

Hermanos, que al comprender la grandeza de la Anáfora, acudamos a cada Eucaristía con un corazón renovado, dispuestos a dejarnos transformar en ofrendas vivas para la gloria de Dios y el servicio de nuestro prójimo. Los bendigo con afecto de padre y pastor.

 Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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