Que la gracia, la paz y el consuelo de nuestro Señor Jesucristo estén con cada uno de ustedes. Al adentrarnos en una nueva reflexión sobre el misterio eucarístico, nuestro corazón de creyentes se llena de profunda devoción. Nos encontramos ante el núcleo viviente de nuestra fe, como lo es la Eucaristía como sacrificio vivo de Cristo en el que la Iglesia participa plenamente.
La Iglesia no es una mera espectadora del misterio altísimo; es el cuerpo de Cristo que se ofrece junto a su cabeza. La hermosa imagen de las catacumbas esa mujer orante con los brazos abiertos imitando la cruz nos recuerda cuál es nuestra verdadera vocación.
En el altar de la Eucaristía, tus alegrías, tus afanes diarios, tus oraciones, tu trabajo honesto y hasta tus más hondos sufrimientos adquieren un valor eterno al unirse al sacrificio perfecto de Jesús.
Nada de lo que vives queda en el olvido ni carece de sentido. Si hoy atraviesas una prueba difícil o sientes el cansancio del camino, ponlo con confianza en la patena junto al pan y el vino; el Señor lo transfigura en gracia y salvación.
Esta ofrenda eucarística manifiesta la verdadera unidad de la Iglesia. Cuando nombramos al Santo Padre y al Obispo diocesano en la plegaria eucarística, no hacemos un simple formalismo; proclamamos que cada Eucaristía celebrada en el rincón más sencillo de nuestra diócesis nos vincula a la Iglesia universal.
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Los presbíteros, actuando en la persona de Cristo, ofrecen sacramentalmente este Sacrificio en nombre de toda la comunidad.
Por ello, les pido con afecto paternal que nunca dejen de orar por sus sacerdotes y pastores, para que seamos ministros dignos y entregados.
Pero esta comunión va más allá de nuestras fronteras terrenales, donde nos unimos íntimamente a la Santísima Virgen María, quien al pie de la cruz nos enseña el valor de la fidelidad viva.
Nos abrazamos a la asamblea de los santos, celebrando el sacrificio en comunión con la Iglesia del cielo.
Qué certeza tan consoladora nos regala la doctrina de la Iglesia cuando nos invita a ofrecer la Santa Misa por nuestros fieles difuntos. La petición entrañable de Santa Mónica a San Agustín “solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mí ante el altar del Señor” es el eco de la caridad cristiana.
Como nos enseñó San Cirilo de Jerusalén, al presentar a Cristo inmolado sobre el altar, intercedemos eficazmente por aquellos que aún necesitan purificación, para que el Dios amigo de los hombres los conduzca a la luz y a la paz perpetua.
San Agustín lo sintetizó de forma admirable: la Iglesia, en aquello que ofrece, se ofrece a sí misma. No formamos más que un solo Cuerpo en Cristo. Salir de la Eucaristía significa salir transformados para ser pan partido para los demás, misioneros de la esperanza y constructores de fraternidad en nuestras familias y comunidades.
Que la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, mantenga encendida en nosotros la llama de la fe Eucarística.
Los bendigo de corazón en el nombre del padre, y del hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


