La Solemnidad de Pentecostés nos sitúa ante el acontecimiento fundante de la Iglesia: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Aquel viento impetuoso y esas lenguas de fuego no fueron un evento efímero, sino el inicio de una misión universal. Hoy, el mismo Espíritu continúa soplando sobre nuestra Iglesia, invitándonos a superar el miedo, a hablar el lenguaje del amor y a ser testigos valientes en medio de las realidades complejas de nuestro mundo.
En este contexto, la coincidencia con el día del Seminario en Venezuela, adquiere una profundidad providencial.
En un país que atraviesa momentos de incertidumbre y grandes desafíos, la formación de nuevos sacerdotes es un signo de esperanza ineludible. Nuestros seminarios son verdaderos cenáculos donde jóvenes, movidos por la gracia, se preparan para ser pastores según el Corazón de Cristo.
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El Seminario no es una estructura aislada; es el corazón palpitante de nuestra vida diocesana. Cada seminarista es un testimonio de que Dios sigue llamando y de que la Iglesia venezolana tiene futuro. Sin embargo, este llamado requiere de nuestra respuesta como comunidad. Pentecostés nos recuerda que la misión es compartida: el Espíritu Santo capacita, pero la Iglesia, como cuerpo vivo, debe acompañar, orar y sostener con generosidad la formación de quienes serán los servidores de la Palabra y de los Sacramentos.
Que la fuerza del Espíritu Santo, que transformó a los discípulos en misioneros intrépidos, fortalezca hoy la vocación de nuestros seminaristas. Oremos para que, en cada rincón de Venezuela, la Iglesia sea siempre ese hogar acogedor, lleno del fuego renovador que nos impulsa a evangelizar con alegría y esperanza. Así sea.
Pbro. José Lucio León Duque
Director


