A través de la iniciativa que desbordó en una devoción por la Eucaristía el presbítero Juan Bautista Castro propulsó que Venezuela fuera consagrada al Santísimo Sacramento del Altar, un accionar que buscaba consolidar la fe de los creyentes que, a finales del siglo XIX, en el marco de la guerra de la independencia vivían momentos pesadumbre.
Las relaciones, para la fecha, entre el clero y el poder político se hacían más intensas y menos cercanas una situación que se hacía evidente en las marcadas diferencias entre el presidente, Antonio Guzmán Blanco y el arzobispo de Caracas Silvestre Guevara y Lira.
“La negativa del prelado a dispensar a un ministro de Guzmán Blanco los recaudos para contraer matrimonio con su hijastra, desencadenó el destierro del arzobispo y apresuró el cierre de seminarios, la expulsión de religiosos, entre otros intentos de limitar a la Iglesia”.
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Es allí donde la incursión del padre Juan Bauutista se fundamenta y se hace propicia, puesto que eleva a las autoridades eclesiásticas una petición que se forjó con una junta nacional y donde promovía la consagración que fue aceptada con la premisa única de la convicción por la adoración como respuesta para colmar los corazones de toda la nación.
Luego de la aprobación se forjaron las acciones concernientes a este acto de fe y de relevancia para Venezuela y se decidió que fuera el 2 de julio la fecha indicada que marcaría un hito en la historia cultural, religiosa de Venezuela.

En la Catedral de Caracas, monseñor Críspulo Uzcátegui presidió el acto solemne en el cual Venezuela fue consagrada perpetuamente al Santísimo Sacramento del Altar. «Recíbenos, salvador nuestro, y concédenos que venga a nosotros tu reino eucarístico. Levanta bien alto tu trono en nuestra República, a fin de que en ella te veas glorificado por singular manera y sea honra nuestra, de distinción inapreciable, el llamarnos la República del Santísimo Sacramento. Te entregamos cuanto somos y cuánto tenemos cubre nuestra ofrenda con tú mirada paternal y hazla aceptable y valiosa en tú divina presencia».
La iglesia venezolana resurgió y floreció luego de esta consagración lo cual se vio reflejado en la realización del I Congreso Eucarístico Nacional en el año 1907 y que fue promotor de un reimpulso de la fe y la religiosidad con lo cual se crearon nuevas diócesis, seminarios, instituciones educativas y congregaciones.
Profunda fe
La consagración al Santísimo Sacramento significa que Venezuela pertenece a la Sagrada Eucaristía, sacramento por excelencia instituido por el mismo Cristo y además implica el deber de formarse y valorar este sacramento.

Una acción que para el presbítero José Lucio León, párroco de la Iglesia Sagrario Catedral y director de Diario Católico se concentra en la valoración como un acto indiscutible de amor a Dios “consagrar es hacer algo parte de lo sagrado, propio de las cosas de Dios y es de hecho el significado primordial, que Venezuela a través de esa oración de consagración fue dedicada a Nuestro Señor Jesucristo”.
Reitera el sacerdote que los cristianos deben buscar al Señor a través de los sacramentos y sobre todo a la Eucaristía. “Tenemos que ser amantes de la Eucaristía y en eso tenemos el ejemplo de nuestros santos, de tantas personas buenas que hemos conocido, sacerdotes, obispos, laicos, siervos de Dios que nos ayudan con su ejemplo a que podamos consagrar siempre nuestra vida al amor de Dios”.
Renovación de fe
En el último congreso eucarístico, el domingo 26 de junio de 2011, en solemne misa presidida por el cardenal Jorge Urosa Savino, arzobispo de Caracas y concelebrada con todo el episcopado venezolano, se renovó la consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento.
La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) estableció que todos los años en el primer domingo de julio se celebre la acción de gracias por esta consagración de Venezuela a Jesús Sacramentado.

En estos 127 años, la consagración sigue siendo la luz que enciende la esperanza de los venezolanos. Es un mensaje claro para la renovación de la vida personal y comunitaria bajo el manto de la eucaristía con la petición constante de permitir que el Señor Sacramentado cambie el espíritu de la nación.
En esta celebración la invitación es para contemplar el misterio sagrado del amor de Cristo que nos integra como cristianos en la sagrada y bendecida hostia: alimento que fortalece, consuela y sana. Que esta fecha sea el refugio necesario para colmar el espíritu y estar llenos de la gracia del Señor.
Oración de consagración
Soberano Señor del Universo y Redentor del mundo, clementísimo Jesús, que por un prodigio inenarrable de tu caridad te has quedado con nosotros en este sacramento hasta el fin de los siglos; aquí venimos a tus pies a proclamarte solemnemente y a la faz del cielo y de la tierra, nuestro único Rey y dominador Santísimo.
A quien consagramos todos nuestros afectos y servicios y a quien ponemos todas nuestras esperanzas. Tú eres nuestro Dios, y no tendremos otro alguno delante de Ti, en tus manos ponemos nuestra suerte y con ella los destinos de nuestra Patria. Mucho te hemos ofendido y como el hijo pródigo hemos disipado en los desórdenes tu herencia, perdónanos que ya volvemos con espíritu contrito a tu casa y a tus brazos.
Recíbenos, Salvador nuestro, y concédenos que venga a nosotros tu Reino Eucarístico. Levanta bien alto tu trono en nuestra República, a fin de que en ella te veas glorificado por singular manera y sea honra nuestra, de distinción inapreciable, el llamarnos la República de Venezuela del Santísimo Sacramento del Altar.
Te entregamos cuanto somos y cuanto tenemos, cubre nuestra ofrenda con tu mirada paternal y hazla aceptable y valiosa en tu divina presencia. Otra vez te pedimos nos recibas, que no nos deseches, y que este acto de nuestro amor y de nuestra gratitud sea repetido, cada vez con mayor fervor, de generación en generación, mientras Venezuela exista, para que jamás la apartes de tu Sagrado Corazón. Que así sea para nuestra vida del tiempo y después. Por los siglos de los siglos.
Amén.
Carlos A. Ramírez B.


